Buscando en las Gavetas


Dos abuelos. Cuarenta años de convivencia fecunda y fiel. Se conocían lo suficiente, como para darse todavía la sorpresa de un malentendido. Era justo lo que había sucedido esa mañana.

El abuelo era un hombre jovial y bastante espontáneo. Impetuoso en sus reacciones, solía irse de boca cuando decía sus verdades.

La abuela, en cambio, era más paciente, pero también de reacciones más lentas. Por eso, aquel cruce de palabras que la habían ofendido, la llevó a su respuesta habitual: el mutismo.

El recurso del silencio suele ser frecuente en personas que están obligadas a una convivencia muy cercana. Sobre todo cuando no existe la posibilidad de escapar a través del grupo. Y estos dos abuelos, pasaban gran parte de la semana solos, porque sus tres hijos casados no vivían en el mismo pueblo, y los encuentros solían darse sólo los fines de semana. Y esto sucedía un día miércoles.

La discusión se había dado en horas de la mañana. Para la hora del almuerzo, se comió en silencio.

El televisor llenó un poco el vacío, sin solucionar el problema. El mate de la tarde los vio reunirse dentro del mismo clima. Y llegada la cena, continuaba aún el mutismo por parte de la abuela.

Al abuelo ya se le había pasado totalmente el mal rato, y quería que le sucediera lo mismo a su compañera. Pero, evidentemente, ésta era de reacciones más lentas. Por tanto había que encontrar una manera de hacerla hablar, sin que ello significara capitulación por ninguna de las dos partes.

Porque el asunto que los había distanciado era una intrascendencia, y no valía la pena volver sobre ello.

Cuando ya se iban a acostar, al abuelo se le ocurrió una idea. Se levantó con cara de preocupado, y abriendo uno de los cajones de la cómoda, se puso a buscar afanosamente en él.

Sacaba la ropa y la tiraba sobre la cama. Luego de haber vaciado ese cajón, lo cerró con fuerza y se puso a hacer lo mismo con el siguiente. Cuando ya se decidía a hacer lo mismo con el tercero, la abuela rompió el silencio y preguntó entre enojada y preocupada:

“¿Se puede saber qué diablos estás buscando?”

A lo que contestó su marido con una sonrisa: “¡Si! Y ya lo encontré: ¡Tu voz, querida!”

 

Vía Renuevo de Plenitud

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Acerca de Luis Castellanos

Luego de unos años en Maracaibo, de regreso en Caracas. Docente Universitario y Bloguero. Orgulloso padre de dos hijos. luiscastellanos @ yahoo.com | @lrcastellanos

Publicado el 3 diciembre, 2009 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 7 comentarios.

  1. Es un palo convivir con una persona que le duran los enfados, nunca he entendido como lo pueden conseguir y que sacan en limpio con estar enfadados tanto tiempo, enfadarse, pues no queda otra, no todo te cae bien, pero con un rato pequeño ya vale y despues a seguir viviendo.

  2. Gracias por tu visita, María. Concuerdo contigo.
    Saludos Hada! Tiempo sin leerte por acá…

  3. La inestabilidad del caracter es muy comun despues de los 50, y ese estatus de estar siempre en la linea es ocasionado por la sensacion de abandono, de que “a nadie le intereso”. Lo mas injusto de esto es que el desahogo se da con la persona que realmente le hace compañia. Una excelente historia para llevarla a la practica.

    Saludos

  4. Sí, hay dos cosas que resaltar: uno, si hay que decir verdades, que sea sin ofender, y dos, evitar que se cierre la comunicación.

    Gracias Luis.

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