Archivos Mensuales: julio 2008

El mejor momento de mi Vida


Era 15 de junio, y en dos días estaría cumpliendo treinta años. Yo estaba inseguro acerca de entrar en una nueva década de mi vida y temía que mis mejores años quedaran ahora detrás de mí.Mi rutina diaria incluía ir al gimnasio, hacer ejercicios antes de ir a trabajar.

Cada mañana me veía a mi amigo Nicolás en el gimnasio. Quien ya tenía setenta y nueve años de edad y en excelente forma.

Este día en particular, Nicolas notó que no me encontraba con mi acostumbrada actitud llena de vitalidad y preguntó si algo estaba mal.

Le dije que me sentía preocupado por cumplir treinta, me pregunta cómo me gustaría mirar hacia atrás en mi vida una vez que he llegado a la edad de Nicolás, por lo que le pregunté, “¿Cuál fue el mejor momento de su vida?”

Sin dudas, Nicolás respondió: “Bueno, Joe, esta es mi respuesta filosófica a tu pregunta filosófica:

“Cuando yo era niño en Austria y mis padres se preocupaban de todo por mí, mi comida, mi ropa, mi salud, ese fue el mejor momento de mi vida.

“Cuando yo iba a la escuela a aprender las cosas que sé hoy, ese fue el mejor momento de mi vida.

“Cuando obtuve mi primer trabajo, las responsabilidades y fuí pagado por mis esfuerzos, ese fue el mejor momento de mi vida.

“Cuando conocí a mi esposa y me enamoré, ese fue el mejor momento de mi vida.

“La segunda guerra mundial llegó, mi esposa y yo tuvimos que huir de Austria para salvar nuestras vidas. Cuando estábamos juntos y en condiciones de seguridad a bordo de un buque con destino a América del Norte, ese fue el mejor momento de mi vida.

“Cuando llegamos a Canadá e iniciamos una familia, ese fue el mejor momento de mi vida.

“Cuando yo era un joven padre, el ver a mis hijos crecer, ese fue el mejor momento de mi vida.

“Y ahora, Joe, tengo setenta y nueve años de edad. Tengo mi salud, me siento bien y estoy enamorado de mi esposa como lo estaba cuando nos vimos por primera vez. Este es el mejor momento de mi vida.”

Tomado de Renuevo de Plenitud

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La botella de agua


Un hombre estaba perdido en el desierto, destinado a morir de sed. Por suerte, llegó a una cabaña vieja, desmoronada sin ventanas, sin techo.

El hombre anduvo por ahí y se encontró con una pequeña sombra donde acomodarse para protegerse del calor y el sol del desierto. Mirando a su alrededor, vio una vieja bomba de agua, toda oxidada. Se arrastró hacia allí, tomó la manivela y comenzó a bombear, a bombear y a bombear sin parar, pero nada sucedía.

Desilusionado, cayó postrado hacia atrás, y entonces notó que a su lado había una botella vieja. La miró, la limpió de todo el polvo que la cubría, y pudo leer que decía: “Usted necesita primero preparar la bomba con toda el agua que contiene esta botella mi amigo, después, por favor tenga la gentileza de llenarla nuevamente antes de marchar”.

El hombre desenroscó la tapa de la botella, y vio que estaba llena de agua… ¡llena de agua! De pronto, se vio en un dilema: si bebía aquella agua, él podría sobrevivir, pero si la vertía en esa bomba vieja y oxidada, tal vez obtendría agua fresca, bien fría, del fondo del pozo, y podría tomar toda el agua que quisiese, o tal vez no, tal vez, la bomba no funcionaría y el agua de la botella sería desperdiciada.

¿Qué debiera hacer?

¿Derramar el agua en la bomba y esperar a que saliese agua fresca… o beber el agua vieja de la botella e ignorar el mensaje?

¿Debía perder toda aquella agua en la esperanza de aquellas instrucciones poco confiables escritas no se cuánto tiempo atrás?

Al final, derramó toda el agua en la bomba, agarró la manivela y comenzó a bombear, y la bomba comenzó a rechinar, pero ¡nada pasaba! La bomba continuaba con sus ruidos y entonces de pronto surgió un hilo de agua, después un pequeño flujo y finalmente, el agua corrió con abundancia… Agua fresca, cristalina.

Llenó la botella y bebió ansiosamente, la llenó otra vez y tomó aún más de su contenido refrescante. Enseguida, la llenó de nuevo para el próximo viajante, la llenó hasta arriba, tomó la pequeña nota y añadió otra frase:

“Créame que funciona, usted tiene que dar toda el agua, antes de obtenerla nuevamente”.

A veces


  • A veces, queremos decir tantas cosas pero no las decimos…
  • A veces, se nos va el tiempo, en discusiones sin sentido…
  • A veces, en vez de decir cuanto amas, te la pasas diciendo tonterías…
  • A veces, pierdes a la persona que más amas, por no tratar de entenderla…
  • A veces, es bueno decir te amo, en vez de decir otras cosas…
  • A veces, las mañanas no son, como quisieras que fueran…
  • A veces, el sol no brilla como quisieras y tus días son grises…
  • A veces, la luna no la ves y tus noches son oscuras…
  • A veces, hay que tener paciencia, con la persona que dices que amas…
  • A veces, nos ciega la ira y ofendemos sin querer a quien más amamos…
  • Es bueno pedir perdón, si sabes que has ofendido..
  • A veces, es bueno decir una oración, dando gracias…
  • A veces, es bueno decirle a un/a amig@ cuanto lo extrañas…
  • A veces, es bueno ver los defectos tuyos antes que los ajenos.

Clara Rosario
bobitayo@aol.com

La Actitud


Hace unos veinte años yo estaba viviendo en Seattle y pasaba por tiempos difíciles. No había podido encontrar un trabajo satisfactorio, aún con mucha experiencia y una maestría.

Para mi vergüenza conducía el autobús de una escuela tratando de llegar a fin de mes mientras vivía con unos amigos. Yo había perdido mi apartamento. Había tenido ya cinco entrevistas con una empresa y un día entre el autobús y la parada recibí una llamada para decirme que no había obtenido el empleo. Fui a garaje de autobuses como un zombi de decepción.

Más adelante esa tarde, mientras estaba haciendo mi rondas a través de un tranquilo barrio suburbano tuve una onda interna – como un grito primitivo – surgió de lo más profundo de mí y pensé “¿Por qué mi vida ha llegado a ser tan dura?”

“Dame una señal” , le pedí a Dios … un señal física – no una voz interior o ese tipo de cosas.”

Inmediatamente después de este grito interior detuve el autobús para dejar a una niña en su casa, cuando ella pasó frente a mi, me entregó un arete diciendo que lo había encontrado en el piso del Bus y que me lo entregaba en el caso de alguien lo viniera buscando.

El Arete tenía un estampado de metal, pintado de negro, y decía “SE FELIZ”.

Al principio me enfadó – sí, sí, pensé. Entonces comprendí. Había estado poniendo todas mis energías en lo que es malo en mi vida y no en lo que estaba bien! .

Decidí entonces, y para hacer una lista de 50 cosas por la que estaba agradecido.

Al principio fué difícil, entonces empezó a ser más fácil. Un par de días después decidí que mejor llegaría la lista hasta a 75.

Esa noche recibí una llamada telefónica para mí en la casa de mi amigo,era una directora de un gran hospital’.

Cerca de un año antes yo había presentado un plan de estudios a un colegio comunitario para enseñar un curso sobre gestión del estrés. (Sip, usted me oyó. 😉 Ella me preguntó si me gustaría hacer un seminario de un día para 200 trabajadores del hospital.

Le dije que sí y obtuve el trabajo.

Mi día con los trabajadores del hospital fue excelente. Recibí una gran ovación y muchos más días de trabajo.

Hasta el día de hoy SÉ que fue debido a que cambió mi actitud hacia AGRADECIMIENTO.

Por cierto, al día siguiente me encontré a la niña del arete y me preguntó si alguien lo había reclamado. Le dije que no y ella dijo “supongo entonces que era para usted.”

“LA UNICA ACTITUD ES EL AGRADECIMIENTO” ha sido mi lema desde hace años y sí, que cambió completamente mi vida.

Davy Jones

Yo temía


Temía estar solo hasta que…
…aprendí a quererme a mi mismo.

Temía fracasar hasta que…
…me di cuenta que, únicamente fracaso si no lo intento.

Temía lo que la gente opinara de mí, hasta que…
…me di cuenta que, de todos modos opinarían de mi.

Temía que me rechazaran, hasta que…
…entendí que debía tener fe en mi mismo.

Temía al dolor, hasta que…
…aprendí que éste es necesario para crecer.

Temía a la verdad, hasta que…
…descubrí la fealdad de las mentiras.

Temía a la muerte, hasta que…
…aprendí que no es el final sino más bien el comienzo.

Temía  al odio, hasta que…
…me di cuenta que no es otra cosa más que “IGNORANCIA”

Temía al ridículo, hasta que…
…aprendí a reírme de mi mismo.

Temía hacerme viejo, hasta que…
…comprendí que ganaba sabiduría día a día.

Temía al pasado, hasta que…
…comprendí que no podía herirme más.

Temía a la oscuridad, hasta que…
…vi la belleza de la luz de una estrella.

Temía al cambio, hasta que…
…vi que aún la mariposa más hermosa, necesitaba pasar por una metamorfosis antes de volar.

La guillotina


Llevaban a la guillotina a tres hombres. Le preguntaron al primero si quería estar boca arriba o boca abajo cuando le llegara la hora final.

El contestó que quería estar boca arriba, para estar mirando al cielo al morir. Levantaron la hoja de la guillotina y la dejaron caer. La hoja cayó velozmente y de repente se detuvo, a unos cuantos centímetros de su cuello.

Las autoridades consideraron esto como una intervención Divina y liberaron al hombre.

Luego, llegó el turno del segundo, quien también decidió morir mirando al cielo, esperando tener la misma suerte del primero. La cuchilla fue levantada nuevamente, y soltada. Cayó velozmente y de pronto se detuvo apenas a centímetros del cuello del segundo hombre, por lo que también fue puesto en libertad.

Seguía el tercero, que era ingeniero mecánico de profesión, quien también optó por morir boca arriba.

Levantaron lentamente la hoja de la guillotina, cuando de repente el ingeniero, viendo un desperfecto en el mecanismo de la guillotina, dijo: “Hey, ya sé porqué no cae la hoja de la guillotina…”

Los verdugos, arreglaron el mecanismo, y el ingeniero fue puesto nuevamente en la guillotina, y esta vez, funcionó perfectamente.

Aun cuando podamos estar ansiosos de compartir con otros lo mucho que sabemos, ¡a veces es mejor no decirlo! A veces nos metemos en problemas por decir algo que debimos callar.

Cuál es tu excusa?


Algunas de las figuras más renombradas cargaron con incapacidades y adversidades.

Sir Walter Scott, el novelista, poeta y editor británico… era lisiado.

John Bunyan, escritor y predicador, autor del libro El Progreso del Peregrino… estaba en prisión.

George Washington, primer Presidente de Los Estados Unidos en 1789… estaba paralizado por la nieve y aterido en Valley Forge.

Abraham Lincoln, Presidente de los Estados Unidos que abolió la esclavitud… fue criado en la pobreza.

Benjamín Disraeli, Primer Ministro Inglés… fue objeto de terribles prejuicios religiosos.

Franklin D. Roosevelt, trigésimo segundo Presidente de Los Estados Unidos… estaba golpeado por la parálisis infantil.

Ludwig van Beethoven, compositor alemán de música clásica… se quedó sordo.

Glenn Cunningham, un corredor poseedor de marcas mundiales… tenía piernas malamente quemadas por un incendio del colegio.

Booker T. Washington, Garriet Tubman, Marian Anderson y George Washington Carver… nacieron todos en una sociedad llena de discriminación racial.

Enrico Caruso, el tenor italiano… fue el primer niño que sobrevivió en una familia pobre de dieciocho hijos.

Itzhak Perlman, concertista de violín… estaba paralizado de la cintura para abajo desde los cuatro años de edad.

La gran mayoría de buenas excusas para fracasar… ¡no existen!

Lo mejor aún


John Erskine fue uno de los hombres más versátiles y mejores educados de su época, un verdadero ¨hombre del Renacimiento¨.

Fue educador, considerado uno de los mayores maestros que jamás haya tenido la Universidad de Columbia.

Era concertista de piano, autor de sesenta libros, estaba al frente de la Escuela de Música Julliard, y era un popular conferencista lleno de ingenio para una gran cantidad de grupos. Poseía un contagioso entusiasmo por aprender.

Los estudiantes concurrían a las clases de Erskine no por su fama o consumada carrera, sino por lo que él creía de ellos. Erskine poseía la firme creencia que el mundo no le pertenecía a él, sino a sus alumnos.

Les decía frecuentemente: ¨Los mejores libros aún no se han escrito. Las mejores pinturas aún no se han pintado, los mejores gobiernos aún no se han formado.

¡Lo mejor aún debe ser hecho por ustedes!¨

Fue su entusiasmo por la vida y su optimismo por el mañana los que se convirtieron en su mayor atributo y herencia.

Todo hombre tiene momentos de entusiasmo. Algunos lo poseen por treinta minutos, otros por treinta días, pero el que lo posee por treinta años es el que triunfa en la vida.

Mire siempre hacia adelante y hacia las alturas. Sus mayores contribuciones hacia la vida, sus mejores entregas, sus mejores cuidados, lo mejor de su amor, ¡aún está por darse!

Tomado de editorialunilit.com

Qué te preocupa?


Cuando el cielo este gris, acuérdate cuando lo viste profundamente azul.

Cuando sientas frío, piensa en un sol radiante que ya te ha calentado.

Cuando sufras una temporal derrota, acuérdate de tus triunfos y de tus logros.

Cuando necesites amor, revive tus experiencias de afecto y ternura.

Acuérdate de lo que has vivido y de lo que has dado con alegría.

Recuerda los regalos que te han hecho, los abrazos y besos que te han dado, los paisajes que has disfrutado y las risas que de ti han brotado.

Si esto has tenido, lo puedes volver a tener y lo que has logrado, lo puedes volver a ganar.

Alégrate por lo bueno que tienes y por lo bueno de los demás, acéptalos tal cual son; desecha los recuerdos tristes y dolorosos, y sobre todo no tengas ningún rencor, no te lastimes más.

Piensa en lo bueno, en lo amable, en lo bello y en la verdad.

Recorre tu vida, detente en donde haya bellos recuerdos y emociones sanas y vívelas otra vez.

Visualiza aquel atardecer que te emocionó. Revive esa caricia espontánea que se te dio. Disfruta nuevamente de la paz que ya has conocido,
piensa y vive bien.

Allí en tu mente están guardadas todas las imagines; ¡Y sólo tú decides cuáles has de volver a mirar!.

No hay carga que se nos dé y no tengamos la capacidad de llevar.

Busca siempre vivir el presente aprendiendo del pasado, no cargues con situaciones y problemas que ya han pasado.

Piensa en esto:

¿Cuál era tu mayor problema hace 10 años? Probablemente ahora sea nada.

Ahora, si dentro de 10 años tus problemas actuales no van ha ser nada, ¿Por qué vivir tristes por ellos?

Nery Labanca

Antes de…


Antes de hablar, escuchemos.

Antes de escribir, pensemos.

Antes de gastar, ganemos.

Antes de invertir, investiguemos.

Antes de criticar, esperemos.

Antes de orar, perdonemos.

Antes de rendirnos, intentémoslo.

Antes de jubilarnos, ahorremos.

Antes de morir, demos.

William Arthur Ward
Fuente: http://www.AsAManThinketh.net

¿Cómo se mide la vida?


La Vida no se mide anotando puntos, como en un juego. La vida no se mide por el número de amigos que tienes, ni por cómo te aceptan los otros. No se mide según los planes que tienes para el fin de semana o por si te quedas en casa sól@. No se mide según con quién sales, con quién solías salir, ni por el número de personas con quienes has salido, ni por si no has salido nunca con nadie.

No se mide por las personas que has besado. No se mide por la fama de tu familia, por el dinero que tienes, por la marca de coche que manejas, ni por el lugar donde estudias o trabajas.

No se mide ni por lo guapo ni por lo feo que eres, por la marca de ropa que llevas, ni por los zapatos, ni por el tipo que música que te gusta.

La vida, simplemente, no es nada de eso…

La vida: Se mide según a quién amas y según a quién dañas. Se mide según la felicidad o la tristeza que proporcionas a otros. Se mide por los compromisos que cumples y las confianzas que traicionas.

Se trata de la amistad, la cual puede usarse como algo sagrado o como un arma.
Se trata de lo que se dice y lo que se hace y lo que se quiere decir o hacer, sea dañino o benéfico.
Se trata de los juicios que formulas, por qué los formulas y a quién o contra quién los comentas.
Se trata de a quién no le haces caso o ignoras intencionalmente.
Se trata de los celos, del miedo, de la ignorancia y de la venganza.
Se trata del amor, el respeto o el odio que llevas dentro de tí, de cómo lo cultivas y de cómo lo riegas.

Pero por la mayor parte, se trata de sí usas la vida para alimentar el corazón de otros.

Tú y solo tú escoges la manera en que vas a afectar a otros y esas decisiones son de lo que se trata la vida…

El Roble



En la plaza central del pueblo debían quitar un gran roble, el enorme árbol, que con el paso de los años se había convertido en un símbolo del lugar. Hasta en el escudo del pueblo se dibujaba su silueta. El roble se había enfermado de un extraño virus. Corría el riesgo de caerse y de contagiar a los árboles más cercanos. Ya se había hecho todo lo posible por salvarlo y la triste determinación de derribarlo provocaba en los vecinos una profunda sensación de impotencia.

No es fácil determinar la causa de un problema y no es el camino más agradable tomar la decisión de solucionarlo.
Los leñadores llegaron una mañana con sierras automática y hachas. Los vecinos se reunieron en la plaza para presenciar su caída. Esperaban oír el estrépito producido por el choque del inmenso árbol contra el suelo. Suponían que los hombres empezarían a cortarlo por el tronco principal en un lugar lo más pegado a la tierra. Pero en vez de ésto los hombres colocaron escaleras y comenzaron a podar las ramas más altas
En ese orden de arriba hacia abajo cortan desde las más pequeñas hasta las más grandes. Así cuando terminaron con la copa del árbol, sólo quedaba el tronco central, y en poco tiempo más aquel poderoso roble yacía cuidadosamente cortado en el suelo.
El sol, ahora cubría el centro del parque, su sombra ya no existía, era como si no hubiera tardado medio siglo en crecer, como si nunca hubiera estado allí. Los vecinos preguntaron por qué los hombres se habían tomado tanto tiempo y trabajo para derribarlo. El más experimentado leñador explicó: cortando el árbol cerca del suelo, antes de quitar las ramas, se vuelve incontrolable y en su caída, pueden quebrar los árboles más cercanos o producir otros destrozos. Es más fácil manejar un árbol cuando más pequeño se le hace.
El inmenso árbol de la preocupación, que tantos años ha crecido en cada uno de nosotros, puede manejarse mejor si se lo hace lo mas pequeño posible. Para lograrlo, es aconsejable podar en principio, los pequeños obstáculos que nos impiden el disfrutar de cada día y así ir quitando el temor de que en el intento de librarnos de éstos y mejorar, todo se derrumbe.
En ese orden, quitando del comienzo los pequeños problemas podemos, gradualmente ir llegando al tronco principal de nuestras preocupaciones. Para cambiar hay que realizar una tarea a la vez, quitar las ramas de la preocupación de una en una, ocuparnos y no preocuparnos.
Reconocer nuestros errores y tener el valor para enfrentarlos, establecer las prioridades y los objetivos en la vida y mantener una verdadera determinación para librarnos poco a poco de todo el peso que nos impide trabajar, crecer, disfrutar y vivir, transformando nuestras ansiedades, miedos y preocupaciones en coraje, esperanza y fe.

 

Detalles



El alumno, según él, había terminado el cuadro. Llamó a su maestro para que lo evaluara. Se acercó el maestro y observó la obra con detenimiento y concentración durante un rato.

Entonces, le pidió al alumno la paleta y los pinceles. Con gran destreza dio unos cuantos trazos aquí y allá. Cuando el maestro le regresó las pinturas al alumno el cuadro había cambiado notablemente.

El alumno quedó asombrado; ante sus propios ojos la obra había pasado demediocre a sublime.
Casi con reverencia le dijo al maestro:

¿Cómo es posible que con unos cuantos toques, simples detalles, haya cambiado tanto el cuadro?
Es que en esos pequeños detalles está el arte. Contestó el maestro.

Si lo vemos despacio, nos daremos cuenta que todo en la vida son detalles. Los grandes acontecimientos nos deslumbran tanto que a veces nos impiden ver esos pequeños milagros que nos rodean cada día. Un ave que canta, una flor que se abre, el beso de un hijo en nuestra mejilla, son ejemplos de pequeños detalles que al sumarse pueden hacer diferente nuestra existencia.

Todas las relaciones -familia, matrimonio, noviazgo o amistad- se basan en detalles. Nadie espera que remontes el Océano Atlántico por él, aunque probablemente sí que le hables el día de su cumpleaños. Nadie te pedirá que escales el Monte Everest para probar tu amistad, pero sí que lo visites durante unos minutos cuando sabes que está enfermo.

El Pirata


 Un día, la señora Robles se encontraba en la sala de espera de su médico cuando un niño y su madre entraron al consultorio, el niño llamó la atención de la señora Robles porque llevaba un parche sobre el ojo. Se sorprendió al ver qué poco parecía importarle la pérdida de un ojo, y lo observó mientras seguía a su madre a la silla más cercana.
Aquel día el consultorio del médico estaba lleno, así que la señora Robles tuvo la oportunidad de conversar con la madre del niño mientras él jugaba con sus soldados. Al principio se mantuvo en silencio, jugando con los soldados sobre el brazo de la silla, luego se trasladó silenciosamente al piso, lanzando una mirada a su madre.
En algún momento la señora Robles tuvo ocasión de preguntarle al niño qué le había sucedido en el ojo. Este se quedó como pensando en la pregunta durante largo rato y luego replicó, levantando el parche: “No tengo nada en el ojo. ¡Soy un pirata!” Luego regresó a su juego.
La señora Robles se encontraba allí porque en un accidente automovilístico había perdido una pierna desde la rodilla. La cita de aquel día era para determinar si estaba lo suficientemente curada como para acomodar una prótesis. La pérdida había sido algo devastador para ella. Aún cuando se esforzaba por ser valiente, se sentía como una inválida. Racionalmente sabía que esta pérdida no interferiría con su vida, pero emocionalmente no podía superar este obstáculo.
Su médico le había sugerido visualizaciones que le ayudaran a aceptar su situación, y ella lo había intentado, pero no podía imaginarse de una manera perdurable y emocionalmente aceptable. En su mente se veía como una inválida. Pero la palabra “Pirata” cambió su vida. De inmediato se sintió transportada, se vio vestida como el Corsario Negro a bordo de un barco pirata, estaba de pie con las piernas separadas y una de ellas era una pata de palo, sus manos estaban aferradas a las caderas, su cabeza y hombros erguidos, y sonreía frente a la tormenta. Los vientos tempestuosos azotaban su casaca y su cabello. Un rocío helado se sentía en la cubierta mientras grandes olas se rompían contra el barco. El navío se mecía y gemía bajo la fuerza de la tormenta. Pero ella permanecía firme y orgullosa.
En aquel momento, esta imagen sustituyó a la de la inválida y recobró su valor. Miró al niño, ocupado con sus soldados. Pocos minutos más tarde la llamó la enfermera. Mientras se balanceaba en sus muletas, el niño advirtió su amputación: “Oiga, señora, ¿qué le pasó a su pierna?” La madre del niño estaba mortificada. La señora Robles contempló por un momento su pierna más corta. Luego respondió con una sonrisa “Nada, yo también soy pirata”.
Autor Desconocido
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